Jaca, primitiva capital del Reino de Aragón, está situada en el cruce de dos grandes vías pirenaicas: la de la Canal de Berdún, que conduce a Navarra, y la antigua vía del Béarn, que remonta el río Aragón hasta el paso del Somport, situación estratégica como llave de comunicaciones intrapirenaicas, que ha condicionado toda su historia.
Según los historiadores clásicos, dos pueblos antiguos habitaban el Pirineo Central, uno de ellos, los Iacetanos, ocupaba el territorio que nos interesa. Su núcleo principal fue Jaca, nombre que aparece en las monedas que se acuñaron en alfabeto ibérico. Los estudiosos se refieren a los Iacetanos como pueblo pastoril pero violento, siendo frecuentes los saqueos a los pueblos vecinos.
En el año 195 a. de C., por primera vez una expedición romana penetra en el actual Pirineo Aragonés. El cónsul Marco Poncio Catón, ayudado por los pueblos vecinos a los Iacetanos, se enfrenta a estos últimos y pone sitio a su ciudad fortificada en ese año, tras sitiarla durante un tiempo es tomada en el año 194 a de C., convirtiéndose en punto estratégico del paso de los Pirineos.
Al ser ocupada la península Ibérica por los árabes en el año 711, los invasores se dan cuenta de la imposibilidad de conquistar los altos valles pirenaicos por la dificultad del terreno, sin contar con la ayuda de los indígenas. Hay constancia que lugares cercanos a Jaca pagaban al invasor tributos (jarach) pero no la hay de que lo hiciera Jaca.
Hasta el siglo IX Jaca está gobernada por condes francos, a estos les sustituye una dinastía indígena, con la que aparece la primera resistencia organizada ante el invasor musulmán. Uno de los primeros miembros de esta dinastía, el conde Aznar Galíndez, libra una batalla contra los árabes en un episodio que se debate entre la historia y la leyenda y que ha dado lugar a una de las conmemoraciones más tradicionales y significativas de la ciudad en la actualidad, El Primer Viernes de Mayo.
A principios del siglo X, Sancho Garcés I de Navarra se apodera del condado de Aragón, que poco después caía en manos del emirato cordobés. En 1016, lo reconquista Sancho Garcés III el Mayor de Navarra. Su hijo Ramiro I, por decisión testamentaria, hereda en 1035 el condado de Aragón, consigue hacerse con los de Sobrarbe y Ribagorza, legados a sus hermanos, y con todos estos territorios crear el reino de Aragón, pasando a ser el fundador de la dinastía real aragonesa. Jaca entonces sólo sería una pequeña aldea, explotación agraria, que dependía del dominio real. Su hijo Sancho Ramirez, dueño de muchas tierras y conocedor de ciudades europeas decide crear una ciudad libre cuyo gobierno admita la participación de sus habitantes y en el año 1077 dicta que esa ciudad sea Jaca. A partir de ahora sería la capital del reino sede de la corte y el obispado. Para reforzar el título de ciudad, Sancho Ramírez otorgó el Fuero de Jaca, que durante mucho tiempo serviría como modelo de otros muchos fueros concedidos en los reinos de Aragón y Navarra. El fuero contiene una serie de exenciones y privilegios destinados a atrae nuevos pobladores que se dedicaran al comercio.
Al Fuero de Jaca sucedieron otros muchos privilegios de los reyes aragoneses, como por ejemplo la concesión de mercado semanal y ferias. La recopilación de todos estos privilegios así como sus sucesivas confirmaciones, se conservan en el Libro de la Cadena. Una de las principales consecuencias de la protección real dispensada a Jaca es la gran intensidad de peregrinos europeos que se encaminaban a Compostela y eligieron el puerto de Somport para cruzar el Pirineo siguiendo por Jaca, lo que favoreció el desarrollo de una floreciente economía urbana. Jaca poseyó el derecho de teloneo (impuesto indirecto que grababa el tránsito y venta de mercancías) y en la ciudad estuvo ubicada la más antigua e importante ceca donde se emitía la moneda aragonesa que se conocía como “ dinero jaqués” , incluso cuando no estaba acuñada en Jaca. Como muestra añadida a la prosperidad de Jaca se podría señalar el establecimiento en la ciudad de una importante colonia judía, que llegó a tener dos sinagogas hasta el final del siglo XV.
Cuando el centro económico y político del reino se trasladó al valle del Ebro, cesó el desarrollo de la ciudad sin que por esto perdiera su importancia ni los derechos adquiridos.
En el siglo XVIII se convirtió en plaza fuerte y se declaró partidaria de Felipe de Anjou, pretendiente francés a la corona de España que, ganador de la guerra de Sucesión, instauraría en España la dinastía de los Borbones con el nombre de Felipe V.
La decadencia de la ciudad se acentuó en el siglo XIX, sólo los acuartelamientos militares permanentes y la afluencia de viajeros y visitantes le permitieron mantenerse viva y con esperanzas de prosperar, como demuestra la traída de agua corriente gracias a la construcción de un canal en el año 1892 y la expansión de la ciudad fuera de sus murallas, aunque esto trajo consigo en 1915 la triste destrucción real de éstas.
Durante la Monarquía de Alfonso XIII, el 12 de Diciembre de 1930, Jaca cobra protagonismo en la historia al sublevarse un grupo de militares de la guarnición, al mando de los capitanes Fermín Galán y García Henández, con la intención de proclamar la II República. El golpe fracasó, sus dirigentes fueron ejecutados, pero unos meses más tarde se consiguió el objetivo pretendido tras unas elecciones municipales.
El presente de Jaca es consecuencia de su historia y de su cultura, si en otro tiempo fue paso de peregrinos, foco de penetración e intercambio de culturas, hoy constituye una puerta abierta a Europa: sede permanente de La Comunidad de Trabajo de los Pirineos del Consejo de Europa, imparte cursos de verano para extranjeros en su Universidad de Verano desde 1927, en su Palacio de Congresos acoge congresos nacionales e internacionales, en ella está ubicado el Instituto Pirenaico de Ecología (C.S.I.C), se celebran importantes acontecimientos deportivos y culturales y siempre esta dispuesta a todos aquellos visitantes que quieran disfrutar de su belleza y entorno, en suma: es una ciudad que conservando sus tradiciones quiere proyectarse al futuro integrándose en el progreso de Europa.